Cada
artista es producto de una época y de sus circunstancias
temporales, geográficas o sociales. Marina Molares
es consecuencia de los distintos lugares y culturas en los que se
desarrolló y que la han incitado a crear un refugio para
la intimidad creativa que ella llama Claustrofilia.
Nacida
en una familia de padre español y madre estadounidense, vivió
su infancia en distintos países y situaciones que fueron
mostrándole mundos a cuyas costumbres y modos se adaptaba.
Y
en los que aprendió a compartir y convivir, lo mismo en Bélgica,
China, EE.UU. o el Reino Unido, por ejemplo. Luego, en la soledad,
establecía su propio cosmos en un refugio de espacios y figuras
que convertía en sus creaciones.
Desde
su infancia en Bélgica o en un colegio chino como única
occidental, Marina extrajo la enseñanza de que podía
convivir con todos, y que si lo deseaba podía aislarse después
para vivir su mundo creativo.
Igual
le ocurrió en los otros países a los que la llevó
el trabajo de su familia. Convivía, conocía y pertenecía
a esos mundos y abrió su mente a ese pluralismo que acepta
todo para sintetizarlo y crear un arte suma de los demás.
Ya
adulta e independiente supo salir al exterior, impregnarse de él
y volver al claustro creativo, al líquido amniótico
propio en el que se concentra para crear su propio mundo, suma de
todos.
Aunque
influido por el exterior, ese mundo es único y exclusivamente
suyo, por lo que su Claustrofilia expresa todo
lo que crea, lo que le da su fuerza, originalidad y empatía,
desde el refugio que protege y permite expandirse.
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